CARNIZAS

CACHO

 

Está baja la cortina de Cacho.

Me confirma el verdulero de enfrente: no están más, cerraron. No se mudó, no trabaja más.

Cacho, los mejores chorizos del barrio. Los hacía él ahí, atrás del mostrador. Una bandeja plástica blanca a cada lado. El chorizo sin fraccionar enroscado como una serpiente larguísima que él iba atrayendo, atando y apoyando en la bandeja de la derecha. Nudos firmes con hilo a rayas y el globito de carne en el medio para cortarlos sin que estallen. Intervalos regulares, memoria manual.

No más sillas de plástico contra la pared azulejada ni espejos, la pizarra con los precios, la tele alta.

¿De qué va a laburar ahora su ayudante, Diego, siempre con la 22 de Atlanta con su apodo impreso atrás -Gitano, que también tiene tatuado con cursiva en el cráneo? Diego que se pintó la cabeza a rayas azules y amarillas el día de la final con Flandria y que en un video va a la cancha de Vélez colgado del estribo de uno de los micros de la hinchada.

La cortina ciega, atrás el local vacío. Por ahi pongan una galería de arte. Por ahi lo pongan a Cacho a hacer chorizos sobre una tarima circular blanca en una sala toda blanca, con su uniforme blanco de manga corta y ese gesto concentrado de cirujano o tejedor de redes.

Me voy pisando hojas secas por Thames, pensando cerró Cacho.

NASA

De chico acompañaba a mi mamá a lo de Nasa, un local angosto en la calle Obispo San Alberto, en el camino a mi primera escuela.

Nasa en musculosa, delantal y birrete, fanfarrón, hace su show para las mujeres del barrio.

Mantiene la bola de lomo clavada a la tabla mientras saca fetas milimétricas para futuras milanesas, hace chirriar el acero del filo cuando roza la chaira.

Se atora la máquina de picar y él la pistonea con el mazo de madera. Sus bíceps brillan.

Ganchos suspendidos encima de su cara narigona, hombres con medias reses al hombro, jugos, manos frías.

Explota la sinfín, carretea el motor hasta el zumbido. Los dedos van hacia los dientes de la sierra y se abren justo antes con un bife cada uno, como dos ladrones de Sábados de Superacción separándose en la vereda del banco con su parte del botín.

Nasa acaricia el plato enlozado de la balanza. La aguja se dispara, vibra y se clava. Veredicto de ruleta.

Durante mucho tiempo soñé con ser carnicero. Mi viejo quería que fuera dentista y terminé de carpintero. Al final son oficios parecidos. La carne, el hueso o la madera y el filo. La perforación. El corte.

CHANGO

Es un mercado frío con olor a amoníaco, siempre desierto salvo el puesto de Chango con cuatro o cinco estatuas en fila.

Me apoyo contra la pared donde pegan avisos de modista, alquiler de pieza solo para señoritas y venta de muebles usados y miro por milésima vez el techo de chapa a dos aguas, el tragaluz rectangular.

Chango es santiagueño, del monte. Alto, robusto, casco de pelo negro, boca ancha. Quiso ser músico también. Toca la guitarra, canta. Si tiene lo que le piden sonríe en silencio, se da vuelta, descuelga la pieza y asienta el cuchillo de hoja muy disminuida.

Al final de la tarde la cola no avanza, se arrastra.

Chango da pasos de un ballet pesado y fluido entre la sierra y la picadora de carne. Tira la grasa a un cajón, a otro los huesos. Los reflectores exageran el cráter del tablón donde corta, el mármol blanco, el manijón cromado de la heladera con puertas de madera.

Se hacen las ocho en el reloj de Boca. La fila sigue hipnotizada sus manos anchas.

Después de veinte años de venderme, Chango sabe lo que quiero antes que yo. Me ofrece un vacío en voz baja -a la señora que se está yendo le dijo que no tenía- y tres entrañas que le encargaron y no le fueron a buscar.

Pela, pesa, enrolla y embolsa, primero en una bolsita transparente y después en una blanca donde meto el papel con manchas rojas y la cuenta en birome.

Nos despedimos, siempre de usted.

Afuera se hizo de noche.

 

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