MUÑECAS 970

Esperando el impacto. La literatura de Mariano Fiszman
 
por Ana Ojeda
 

A RC: ya nunca más Pez Amarrado.

 

[…] hay una abrumadora mayoría de libros inútiles. Hay gente que escribe […] cuatro macanas porque sí, porque en lugar de irse al biógrafo, como yo hago, prefieren ensuciar el papel en bajos menesteres. […] Tengo colegas que cada seis meses dan a luz un hijo sietemesino. Y no es paradoja. Son de una fecundidad alarmante.

Nicolás Olivari (1929)

 

 

Nacido en Buenos Aires en algún día de mayo de 1965, Mariano Fiszman es un escritor que, con dos novelas en su haber,[1] ha alcanzado un estilo propio basado en el arte del sugerir. De la insinuación leve. A la avidez de inmediato propia del lector habituado a la velocidad con que se digiere la mayoría de los textos que gurús mediáticos e intelectuales dominicales señalan como la “joven guardia” –“en celo”, podríamos agregar, en “una terraza propia” de “Buenos Aires 1:1”– contrapone una literatura cuyos meandros lingüísticos nos obliga a recorrer de forma despaciosa, lenta. Mientras, lo que parecía en un primer momento se transforma en otra cosa y otra más, aportando cada vez una nueva y sutil diferencia. En este sentido, Fiszman es autor de una literatura sin fin, que cambia, junto con el lector, con cada nueva lectura.

Nada se dice abiertamente en sus novelas. Su estilo, conquistado a fuerza de parquedad escrituraria y autocorrección, se advierte sobre todo en el uso del lenguaje, siempre bello e intrincado, jamás simplemente denotativo. Y se afirma sobre la presencia de ciertos núcleos narrativos recurrentes. El maridaje de alucinación y cotidianidad es uno de ellos, presente ya en Nuevas cenizas. En ella, el protagonista sobrevive a un accidente automovilístico en el que pierde a Mara –¿su mujer?– y a partir de allí vive las derivas de una realidad alucinada poblada por Dolores (coincidencia onomástica que no es banal), su vecina de departamento, de quien sugestivamente se enamora; Rega y la Turca, Cúper, la Doña y sus temibles secuaces. Dolencias corporales y psíquicas marcan el sufrimiento cotidiano del protagonista, dejando en evidencia que vive un presente mutilado: “Llegando a Mara me atacaba el dolor de cabeza. Ese dolor, mi cuerpo y algunas imágenes insistentes eran lo único que quedaba de mí” (8). En las ficciones de Fiszman, los personajes tienen sólo eso: presente. Se podría decir, en este sentido, que nacen con la primera mirada del lector. Sus historias comienzan en un in medias res que no precisa ni busca completud alguna. Lo que importa es lo que sucede frente a los ojos de quien lee. Así, Muñecas 970 nos descubre los días de quienes viven en esa dirección del barrio de Villa Crespo, luego de que el Trueno convierte la lluvia que Vidal siente una amenaza en el comienzo de un viaje río arriba. Pero nada avanza sobre su vida anterior. Ma aparece por allí una noche de la mano de Milton y eso es todo lo que sabemos de ella. Los Nascate están allí, en el departamento de al lado, y son cuatro: Brian y Yamila, los hijos, Nascate y Beatriz, sus padres. Nada más se agrega, salvo algunas vagas precisiones referentes al traje de cuello blanco de Nascate en su otra vida, anterior a la inundación. Incluso Vidal, encargado de abrir la novela y protagonista excluyente de la primera parte, sólo recupera jirones de su pasado, una novia exigente, su madre trabajadora, su despido. Postrado luego de una intervención quirúrgica, pasa las horas en “el charco de meo frío que era su hábitat, como el estanque de un pez” (62), observando y recordando, metiendo y sacando la cabeza “en el agua del sueño” (11). Es, tal como reza el epígrafe que abre su historia, “un Pez Suelto, y también un Pez Amarrado”, ya que si por un lado sigue la deriva de su vida interior, que lo lleva de la sobrina de la señora Goldstein, la del depto. 2, a aquella vez en que se deleitó con la imagen devuelta por el espejo –un hombre engalanado con la ropa y las joyas de su madre–, por el otro vive “la trampa de ser un cuerpo de pez náufrago en la orilla” (12): postrado en una cama, incapaz de procurarse ayuda cuando siente que se ahoga. 

Inmerso en la inmovilidad del posoperatorio, Vidal descubre que sus percepciones se ven modificadas por una preeminencia de la vista respecto de los demás sentidos (“Ahora que lo piensa, no escucha nada […] aunque los puede ver moverse” [40]), como si tuviera la cabeza sumergida. Y la tiene, en efecto. Fluye de la conciencia a la alucinación en un vaivén tranquilo, natural: “se acordó del sueño que había tenido durante la anestesia: alguien golpeaba la puerta y él no podía ir a atender. […] Oía los golpes cada vez más fuertes con una sonrisa canchera hasta que se le ocurría, en un desdoblamiento de sí mismo en el fuelle del sueño, que se los estaban dando los médicos para revivirlo” (13). Vidal habita tanto su vigilia como su sueño; para él, ambos planos son equivalentes. Se trenzan y liberan para volver a juntarse, formando un tapiz de sensaciones silentes. Así, “Todo volvía […]. No podía sacárselo de la cabeza, sacarse nada” (61). Su operación es un sueño que sale a flote (40) y la casa navegando en la inundación, en cambio, la lógica consecuencia de un Trueno que lo atemoriza hasta el desmayo. Lo alucinatorio envuelve a Vidal, lo sumerge; es el líquido en el que se mueve con facilidad, y contrasta con la atrofia que vive en su realidad, en la que “dormir era una tortura […] exhausto de no moverse” (13).

Con tiempo de sobra para escudriñar su ventana, poco tarda Vidal en advertir que “La casa daba giros amplios y lentos, flotaba sin violencia” (24). Esta apreciación subjetiva, que podemos suponer provocada por la medicación que diariamente le administra Doña Carla, pronto se objetiviza, volviéndose la presuposición fundamental de la vida tribal que desarrollarán en la segunda parte de la novela sus vecinos de los deptos. 1 y 2. El Trueno –como ya adelantamos– es el acontecimiento temporal que marca el comienzo del viaje de la casa río arriba. Ma se descubre atrapada junto a un hombre que conociera algunas horas antes en un bar cualquiera y vecina, por lo tanto, de los Nascate. Varada en el interior de la casa-navío –ella también Pez Suelto y Amarrado a un tiempo–, se resigna a su suerte. “Ya estaba en marcha, activado nadie sabe por quién, ese mecanismo […] atracción, fraternidad, qué sentimiento listo para conectarse con una mirada […] como si [Ma y Beatriz] hubieran sido amigas veinte años atrás o parientas lejanas que se encuentran por primera vez pero de las que otra, ya desaparecida y que las adoraba, les habló mucho” (79). Ma se relaciona con sus vecinos, de la misma forma que lo hace el protagonista de Nuevas cenizas porque en la literatura de Fiszman el destino de todo individuo es la socialización, la relación con otras personas. Y, por lo general, esas otras personas son sus vecinos. Porque la narrativa de Fiszman construye, primero y antes que nada, ese espacio intermedio entre lo público y lo privado que es el vecindario. No el “barrio”, teorizado por De Certeau y externo a la casa, presente a partir de la así llamada “puerta de calle”, sino el espacio habitado por los vecinos, gente a la vez cercana y desconocida, que comparte la intimidad común de un edificio (en Nuevas cenizas), de una casa (aquí), de los respectivos departamentos.

La segunda parte de la  novela presenta, entonces, las distintas declinaciones que adopta la cotidianidad de Ma, Milton y los Nascate. Viven un puro presente, afianzado sobre la navegación del Muñecas (ya que depende de ella); la microsociedad que conforman nace con la partida de la embarcación, introducida por la imaginación afiebrada de Vidal, pero vivida cabalmente por todos los demás: “Todo se acepta con esa indiferencia que da no dormir” (107). El sentido del viaje, de ese calmo dejarse llevar por la corriente, tiene que ver con despojarse de lo superfluo para conectar con lo esencial de cada uno; dejar de ser un pez amarrado y volver a ser un pez suelto. Como Milton, para quien “Empezó como un chiste. Después se dijo que era otra forma de sacarse de encima una capa de cultura que le pesaba, seguir el trabajo que había empezado cuando se transformó a sí mismo en ¿alguien útil? ¿un artesano?” (108). Un día descubrirá que “Hay otros mundos […], más allá de esta casa” (112) y abandonará a una Ma embarazada para saciar su curiosidad de mundo. Sacudirse el qué dirán, las máscaras cómodas –pero limitadas, aburridas– con que interactuamos con los demás es una pequeña gesta. Frente a la épica de la Conquista que copa la onomástica de las veredas de Villa Crespo (“Loyola, Aguirre, Castillo. Ramírez de Velazco. Conquistadores venidos en naves” [32]), Muñecas 970 propone una nueva épica, entre alucinada e imaginaria, en la que lo que se conquista es la propia libertad.

Milton deja el Muñecas un amanecer, “cuando todavía se guardaban en su cueva los últimos murciélagos, y empezaba a aletear el guaroé en los bancales” (118). Su partida no cambia nada para quienes continúan a bordo. Los días se siguen sucediendo de manera regular. Todos igualmente importantes, igualmente intrascendentes. Su discurrir no produce suspenso, ya que no conducen a nada, no hay en esta novela ninguna teleología. En esa cotidianidad marcada por la canción acuática que mece la casa (resulta revelador que el primer título de esta novela haya sido, justamente, Música acuática), no hay espacio para lo amenazador. O, más bien, lo velado se vuelve cotidiano y, por eso mismo, natural. Todo, hasta la tristeza, es tranquilamente festivo aquí: “El cable vivoreó entre sus piernas sin engancharse ni arrastrar a nadie ni llevárselo de ancla hasta el fondo, a alguno de los chicos, que duelen más, hacia la vieja bóveda barrosa. No, éste es otro género. Acá reciben una salpicadura y se ríen” (102). No hay en esta novela nada sórdido ni amenazante: ni la muerte (de Vidal), ni la violación (de Yamila a manos del Patrón; de Ma a manos de Nascate), ni el abandono (de Milton). Así, Fiszman escribe a contrapelo de la ostranenie preconizada por los formalistas rusos. Ya no se trata de deconstruir un objeto o situación conocidos para tornarlo ambiguo y extraño, sino al contrario: todo lo que normalmente se ubicaría por fuera del flujo cotidiano (el caso extremo es la muerte, pero obviamente también lo es la inundación y la navegación de una casa oriunda de Villa Crespo) se incluye en él porque todo es parte de la vida, de esa sucesión de horas que se agolpan en el calendario. Todo ingresa en ese continuum que no deja nada afuera. Fiszman replantea, repiensa, así, la estructura decimonónica de la novela, creando una nueva forma de contar que se libera de las presiones de la trama, del argumento de tensión ascendente. Muñecas (novela y embarcación) no “va” hacia ningún lado: más bien, como los personajes que la habitan, se deja mecer por una multiplicidad de acontecimientos de trascendencia equivalente. Cotidianos. Nada hay que quede afuera de ese dejarse llevar. Nada que se mantenga inmóvil.

De Nuevas cenizas a Muñecas 970, Mariano Fiszman teje un ars poetica que pone en primer plano un cuidado trabajo con el lenguaje y conjuga la insinuación velada, el entrecruzamiento de alucinación y realidad, y un enorme placer por la construcción de un ámbito vecinal sustentado en la solidaridad de personajes con distintos tipos de carencias. En Nuevas cenizas se trataba de marginales, gente lumpen; aquí, en cambio, Fiszman avanza sobre el barrio de Adán Buenosayres, barrio de clase media y veredas arboladas. Antes, una versión apocalíptica de un mundo al borde de la desintegración: Nuevas cenizas se cierra con un incendio, el derrumbe del edificio habitado por los personajes y la muerte del protagonista. Ahora, un apacible discurrir sin objetivo fijo que, en definitiva, también redunda en una suave desintegración, la disolución que implica el cambio constante, el viaje sin fin. En ambos casos, el foco está puesto en la manera en que nos relacionamos con los otros, de forma que muchas veces, como Ma, somos “testigo sin terminar de entender qué pasaba y sin saber cuánto afectaría este hecho su vida en la casa de ahora en más. Las frases que parecen mejor construidas son las que menos sentidos tienen. Es la convención. Así disfraza su locura el emérito, el normal” (119).

Porque esta literatura excede lo generacional, las modas y las selecciones de suplemento dominical, decir Fiszman es decir mucho.

 

 

 

 

[1] Nuevas cenizas inauguró, en 2007, la colección “69/Argentina es Latinoamérica”.