DIARIO DE UNA CAMARERA, O. MIRBEAU

Diario de una camarera, Octave Mirbeau, ed. Losada, 2009

Traducción y prólogo: MF

 

 

En una buhardilla fría, después de agotadoras jornadas de trabajo, la bella Célestine R... escribe un diario personal en el que repasa su vida de sirvienta. Una serie de malos empleos, o de buenos empleos que ella misma se ocupó de arruinar, la fueron alejando de las casas importantes, del París de palacetes lujosos y departamentos burgueses donde siempre trabajó, para terminar recalando en esta residencia de provincia donde todo es chato, atrasado y sin brillo, desde los patrones hasta sus compañeros de servicio, desde las pequeñas intrigas vecinales hasta la moral y las ideas políticas generalizadas.

Ya en las primeras líneas, Célestine R... nos advierte que pretende poner en su diario “toda la franqueza que hay en mí y, cuando haga falta, toda la brutalidad que hay en la vida”. No es su culpa, advierte, que las almas al desnudo “exhalen un olor tan fuerte a podredumbre”. En la dedicatoria, Mirbeau se enorgullece de que éste sea un libro “sin hipocresía”. El artificio artístico elegido, la escritura del diario, apuesta a mostrar de una manera más veraz, menos “literaria”, la vida tal como realmente es y como nunca se la percibe. A través de sus palabras, el personaje de Célestine enseguida se nos hace visible, adquiere un cuerpo lleno de vida, de emoción y de fuerza triste que se transmite a todo el texto.

Las anotaciones van y vuelven entre el presente en la casa de los Lanlaire, los millonarios del pueblo con su historia de riqueza oscura atrás, su vida apagada y su nombre ridículo, y diferentes escenas del pasado. Cada casa en la que Célestine trabajó es un muestrario de vicios. Desfilan el fetichista, la malquerida, el moribundo, la severa indecente, el oportunista político o literario, los esnobs, los matrimonios por interés, y todos con su dinero mal habido y sus aventuras sexuales indiscriminadas, infames y deshonestas: “¡Ah!, ¡los burgueses! ¡Qué comedia eterna!” “Sáquenles los vicios que los sostienen como las vendas que sostienen a las momias... Y ni siquiera son fantasmas, no son más que polvo, cenizas... muerte...” El poder y el placer, inmorales, están siempre del lado de los patrones. A su vez, los sirvientes tampoco son puros: el contacto con ese ambiente los corrompió. El sirviente ya “no es un ser normal”, sino “un monstruoso híbrido humano... Del pueblo, del que renegó, perdió la sangre generosa y la fuerza inocente... De la burguesía obtuvo los vicios vergonzosos, sin haber podido adquirir los medios de satisfacerlos...” El sirviente de la época todavía está a mitad de camino entre el antiguo siervo y el moderno trabajador. Sus derechos son pocos y muy relativos. La camarera, la “femme de chambre”, es otro objeto en la habitación de los señores. Prohibida para ella la maternidad, queda condenada a los abortos clandestinos o “espontáneos” por los mismos que le dan clases de decencia. En cuanto a las patronas, las “maîtresses”, pasan por todos los significados que esa palabra abarca en francés: ama, dueña, señora, maestra y amante.

A través de todas esas escenas, Célestine va contando su propia historia, que por otra parte no deja de ser una suma de bajezas. Por suerte para la novela, a pesar de su protesta contra la hipocresía y las injusticias y de su compasión por los que sufren, Célestine no es buena. Siempre “apurada por estar en otra parte”, cuando se le ofrece la felicidad la rechaza de plano. Busca el dolor y el crimen. Por momentos siente “como una necesidad, como una locura de ultraje...” Siempre tuvo debilidad por los canallas, y encuentra correspondencias secretas entre el crimen, especialmente el asesinato, y el amor. “¡Y bueno, sí, eso!... un buen crimen me conmueve como un buen macho...”

Además de las desventuras de Célestine, el texto trata los sucesos políticos y sociales del momento, especialmente el caso Dreyfus. La primera versión del “Diario...” apareció en forma de folletín en L’Echo de Paris entre diciembre de 1891 y abril de 1892. Pero después de varios años en suspenso, el texto como lo conocemos fue apareciendo en la Revue Blanche, también por entregas, entre enero y junio de 1900. Es cuando empieza la revisión del juicio a Dreyfus. El diario de Célestine cubre esos últimos meses antes de la revisión. En esta segunda versión el texto se cargó de política, desnudando el nacionalismo antisemita de los personajes, y se hizo fuertemente antiburgués, antimilitarista y anticlerical.

El paso de L’Echo de Paris, periódico donde, según la acusación de Zola, el ejército desplegaba su campaña de prensa, a la Revue Blanche, donde los intelectuales franceses se agrupaban a favor de Dreyfus, muestra el camino elegido por Mirbeau. Pero en su pasado había habido una época muy diferente y que lo marcó a fuego. Entre 1872 y 1886, obligado por la necesidad, Mirbeau había trabajado como secretario y escribiendo panfletos, discursos y libros por encargo para distintos personajes de lo más reaccionario de la política francesa. Entonces se definía como un “proletario de las letras en lucha contra el infame capital literario”. ¿Quién mejor que él entonces para sacar a la luz los sentimientos de los sirvientes y los prostituidos? ¿Cuánto del odio de Célestine por el orden social no lo incubó escribiendo novelas por encargo, editoriales anónimos en L’Ordre y folletos de propaganda bonapartista y antisemita? ¿Cuánta culpa y necesidad de “limpiar su mancha” había en la violencia de su voz? Como Célestine, Mirbeau tampoco había sido bueno.

Periodista de renombre, Octave Mirbeau tuvo mucho éxito como escritor, principalmente con este “Diario de una camarera” y la obra teatral “Los negocios son los negocios”, una crítica despiadada a la sociedad burguesa de la Belle Époque que se representó en todo el mundo. Tolstoi lo llamó “el más grande escritor francés contemporáneo, el que mejor representa el genio secular de Francia”, y Mallarmé, “el que salvaguarda el honor de la prensa”. Había nacido en 1850 y murió en 1917.

“Diario de una camarera” tuvo tres versiones cinematográficas. Una de 1916, rusa, dirigida por M. Martov. Una de Jean Renoir durante su paso por Hollywood, en 1946, y por último la de Luis Buñuel, de 1964, con Jeanne Moreau como la bella Célestine. Ninguna estuvo a la altura de un texto que, más allá de su gracia picaresca, de su narración ágil y de su exploración del infierno social, cuando Célestine se hunde en lo más profundo del dolor (en los recuerdos de la infancia, en la sala de espera de la oficina de empleos, en el amor asesino y suicida por el señor Georges y en muchas imágenes oscuras e intensas), alcanza una fuerza que no cede al tiempo y todavía conmueve.