ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO, JEAN-JACQUES ROUSSEAU

Las ensoñaciones del paseante solitario, Jean-Jacques Rousseau, ed. Losada, 2013

Traducción y prólogo: MF

 

 

“Solo por el resto de mi vida, ya que sólo encuentro en mí el consuelo, la esperanza y la paz, ya no debo ni quiero ocuparme sino de mí. En tal estado retomo la continuación del examen severo y sincero que llamé antaño mis Confesiones.”

La cita pertenece a estas Ensoñaciones del paseante solitario, y es una muestra del lugar que ocupa el texto dentro de la obra de Rousseau y del ánimo con que fue escrito, entre 1776 y 1778, año en el que murió dejándolo inconcluso. Otros elementos fundamentales del texto aparecen en estas líneas: la primera persona fuerte, ese yo exaltado y romántico, el tema de la soledad y el aislamiento en medio de un mundo hostil, su escritura elegante, su pregunta constante por la verdad y el examen minucioso de las acciones realizadas a lo largo de su vida.

A diferencia de las obras anteriores de Rousseau, estas dos últimas tienen, sobre todo, gran valor literario y autobiográfico. No son textos filosóficos como La nueva Eloísa, El contrato social o Emilio o de la educación, que le dieron tanta celebridad y también tantos problemas. El Rousseau de estas páginas ya no es aquel polemista cuyo nombre todavía se levanta como bandera, éste más bien lamenta haber participado alguna vez del mundo intelectual, donde todo es vanidad e intrigas, y apartado de la sociedad vuelve a encontrar en sí mismo la paz que le procuran unas pocas actividades auténticas: la música, las herborizaciones, las caminatas y perderse en el hilo de sus pensamientos y recuerdos.

Nacido en Ginebra, Suiza, en 1712, ciudad que dejó a los dieciséis años para irse primero a Saboya, Francia, y después a París, Rousseau empezó colaborando con Diderot, Voltaire y D’Alembert con algunos artículos sobre música para la Enciclopedia, y más tarde se dedicó a escribir sobre temas filosóficos y pedagógicos, ya distanciado de los enciclopedistas. “No escribo sobre las ideas de los demás sino sobre las mías”, escribió en el prólogo del Emilio, y “No veo igual que los demás; hace tiempo que me lo reprochan”. Ese libro y El contrato social, que años después iba a ser una referencia para los revolucionarios de 1789, fueron rechazados por la Iglesia, prohibidos y censurados en el momento de su publicación, y le valieron a Rousseau el destierro primero de Francia y después de Suiza, y el odio popular. Su soledad a partir de entonces y su falta de lugar en el mundo son el tema central de estas Ensoñaciones desde su primera y poderosa oración.

En la época en que fueron escritas, Rousseau vivía de vuelta en París, tan anónimamente como podía, en una casa de la calle Plâtrière, cerca del Louvre. De mañana copiaba música para ganarse la vida y al terminar salía de caminata por los campos de los alrededores acompañado por su perro, llevando un cuaderno para sus herborizaciones y para escribir al aire libre, como más tarde saldrían a pintar los impresionistas. El movimiento siempre es alejarse de “el tumulto del mundo” para ir hacia la naturaleza, cuanto más virgen mejor. “Las Ensoñaciones tienen dos vertientes. Una vuelta hacia el hombre, es la vertiente oscura; la otra, hacia la naturaleza, es la vertiente clara. Pero la luz y la sombra no se dividen el libro en dos mitades, están mezcladas casi en todas partes”, observó Marcel Raymond. Esta oposición le debe mucho a la fe calvinista en la que Rousseau fue criado, que abandonó por el catolicismo a instancias de su formadora, la señora de Warens, y a la que volvió al final de su vida. Una vez solo, es decir, a solas con la naturaleza, que aquí ya no es un decorado sino una fuerza emotiva, aparecen las impresiones gozosas. La escritura se hace musical para contar éxtasis vegetales y dramas humanos, la memoria deriva hacia islas (la isla de los Cisnes en medio del Sena, la de Saint-Pierre en el lago de Bienne) y aislamientos que dejaron su marca feliz entre tantas penas, y el narrador se abandona a sus sentimientos y sus sentidos, a despecho del intelecto: “Flores brillantes, variedad de los prados, sombras frescas, arroyos, bosquecitos, verdor, vengan a purificar mi imaginación manchada por todos aquellos objetos repulsivos”. En ese entorno paradisíaco encuentra en él aquella parte natural, pura y buena, que la sociedad no pudo corromper.

Varios elementos de estas Ensoñaciones, alabadas por Lamartine, Madame de Staël, De Nerval o Sainte Beuve, influyeron a los escritores del siglo XIX francés: el peso de esa primera persona, su romanticismo, el tema del paseo, que se volvería moda, y hasta la ensoñación como género literario. Su paranoia rabiosa puede encontrarse ciento cincuenta años más tarde en las novelas de Céline. Poco después de su muerte, el cadáver de Rousseau llegó entre honores al Panteón, y hoy la calle Plâtrière lleva su nombre, homenajes que después de leer estas páginas parecen tan justos como absurdos.

La historia cuenta que Voltaire, después de recibir un ejemplar de El contrato social, le escribió a Rousseau para agradecerle ese “nuevo libro contra el género humano”. Los lectores de hoy podríamos decir lo mismo de éste, insistiendo en nuestro agradecimiento.